Poema para un golden retriever muerto - Elegía - Lars Gustafsson

Aquí puede haber, en pleno verano,
unos días en que de repente es otoño.
En los árboles el trino de los mirlos suena más agudo.
Aguas adentro las piedras se yerguen muy determinadas.
Saben algo. Siempre lo han sabido.
También nosotros lo sabemos, y no nos gusta.
De vuelta a casa, en el barco, precisamente esas tardes,
podías estar en la proa con la mirada fija, concentrado,
escudriñando los olores que te llegaban sobre el agua.
Leías la noche, la tenue estría de humo
que subía de un chalet, una chuleta a la plancha
a tres kilómetros de nosotros, un tejón
que en ese mismo atardecer estaba en algún lugar
olfateando de la misma manera. Nuestra amistad
era obviamente un compromiso; vivíamos
juntos en dos mundos distintos: el mío,
letras sobre todo, un texto que pasa por la vida,
el tuyo, olores sobre todo. Tú tenías conocimientos
por cuya obtención yo hubiese sacrificado muchas cosas:
la capacidad de dejar a un sentimiento, pasión, odio o amor
correr como una ola por todo tu cuerpo,
del hocico a la punta de la cola, la incapacidad
de llegar a aceptar nunca que la luna es un hecho.
Las noches de luna llena protestabas siempre ruidosamente contra ella.
Tú eras un agnóstico más puro que yo. Y por consiguiente
vivías siempre en el paraíso.
Tenías una costumbre que algunos encontraban repulsiva,
cazar mariposas, la boca abierta en el salto, y devorarlas con placer.
A mí siempre me gustó. ¿Por qué
no supe aprovechar la lección? ¡Y las puertas!
Ante una puerta cerrada te echabas a dormir
seguro de que tarde o temprano tendría que llegar
el que la abriese. Tenías razón.
Yo estaba equivocado. Ahora me pregunto, cuando esta
larga amistad muda se ha ido ya para siempre,
si tal vez había algo que yo supiese hacer, algún conocimiento
que te impresionase. Tu firme convicción
de que era yo el que desencadenaba las tormentas
no se cuenta. Era un error. Creo
que tu fe inquebrantable en que la pelota existía,
incluso cuando estaba escondida detrás del sofá,
te dio en cierto modo una ligera idea de mi mundo.
En mi mundo casi todo existía escondido detrás
de alguna otra cosa. Yo te llamaba “perro”.
Con frecuencia me pregunto si tú me concebías
como “un perro” más grande, más ruidoso,
o como alguna otra cosa, para siempre desconocida,
que es lo que es, existe en la condición
en la que existe, un silbido
que cruza el parque nocturno al que uno se ha acostumbrado
a acudir sin saber en realidad
qué es aquello a lo que acude. De ti,
y de quién eras, no supe mucho más.
Se podría decir, desde un punto de vista
más objetivo: Éramos dos organismos. Dos
de esos lugares donde el universo hace un nudo
sobre sí mismo, estructuras efímeras, complejas
de materia proteica, que tienen que ir complicándose
más y más para sobrevivir, hasta que todo
estalla y deviene otra vez simple, el nudo
suelto, el misterio resuelto. Tú eras una pregunta,
dirigida simplemente a otra pregunta,
y ninguna de las dos tenía la respuesta de la otra.

Lars Gustafson

2 comentarios:

Mia dijo...

M'agrada, aquest Lars...

C. dijo...

Hola!
A mi també m'agrada :)

Muá.