Esperarte en largas avenidas de marzo como un ojo oscuro en los fríos muros del silencio. La soledad de estar entre el pan y la noche. Ayer, mientras estabas conmigo sonriendo, y mañana no es mañana en la piel de tus muslos blancos y tus mordiscos donde me llevas lejos, por casi el mar te encuentro, a casi la voz de la luna cristalina. Y la lluvia. Has estado recordando el alfabeto de un mundo sin saberlo, y quién tiene después a pesar de todo miedo. Esta lengua no taladra las paredes de tu casa, pero escribe el tacto de una luz en la ventana, el poema que nunca conocemos previamente. Y es mi cuerpo y el instante abandonado gris como tus párpados azules: las alas del insomnio en otro insomnio. Yo te miro y quiero ver más allá de tus ojos el perfume letal de la noche empezando transparente, empezando en estos dedos húmedos y preguntando al sol de los relojes. La noche es esta partida de ajedrez donde celebro el vértigo y tus espejos me miran tímidamente.
Escribir se hace extraño ahora: todavía no te tengo sin tu cuerpo.